Una historia de libertad, espatulazos y un puesto de churros en Beniel
Hay conversaciones filosóficas que solo pueden ocurrir junto a un puesto de churros. Mientras pintaba en Beniel, charlaba con los churreros sobre ese deporte nacional que tanto agota: el qué dirán. Esa policía invisible que siempre tiene una opinión sobre por qué pintas ahí, por qué lo haces así o por qué no haces algo «normal».
Yo les decía que hace tiempo que me quité ese peso de encima. No fue fácil; hubo golpes, dudas y mucha tontería mental. Pero entendí que si vives pendiente de los demás, no vives tú: vive tu miedo.
Y justo en ese punto del debate, el universo decidió darme un empujón —literal—. Una ráfaga de viento tiró mi cuadro al suelo.
El caos como mensaje.
Recogí los trastos, me busqué una calle más resguardada, lejos del ruido y del postureo, y simplemente seguí. En esa calma, pasó algo mágico: la inspiración llegó sin pedir permiso. Los espatulazos se colocaban solos, el cuadro avanzaba con una naturalidad rara. Al dejar atrás el viento, también dejé atrás las voces que sobran.
Este cuadro no es solo una vista urbana de Beniel. Es un recordatorio colgado en la pared: que cuando dejas de obedecer al ruido, respiras mejor y decides mejor.
No te llevas solo una obra original; te llevas un trozo de libertad conquistada.





